viernes, 13 de enero de 2012

Sangre y bilis por un Bentley


   Aquí os dejamos un relato de terror basado en "El distinguido sr. Addington", de Francisco de Paula Pérez de la Parte. Sustituí el ambiente victoriano por otro más castizo y cercano: la Sevilla de los años veinte previa a la Exposición Iberoamericana del 29. Es algo extenso, pero espero que lo disfrutéis.

   Claro que había demonios en la ciudad. A sólo cuatro años del milagro que nos salvaría de las chinches, el hambre y la tuberculosis los demonios la infestaban. Le roían el alma al boyero, al azacán de la Plaza Nueva, al cochero y al limpia, al vendedor de palo-duz, al obrero de tercera que invadía las huertas con chozas de tabla para no regresar al pueblo. Nos llenaban los oídos con promesas de acomodo y montante en la cartilla, y nosotros les creíamos. La Gran Exposición iba a ser la panacea. No entendíamos que hacía falta mucho más para levantar un caserío desastrado en estado de ruina, muros hinchados por la humedad de mil años de parches y tejas que abrían las cabezas a los viandantes los días de viento.
   También había demonios que venían de fuera. El mío se llamaba McCork.
   Era 1925, y muchos británicos hacían el agosto entre nosotros, lejos de su hogar. El cartujano Pickman se había convertido en uno de los principales ceramistas de la ciudad. La Tramway Company Limited se encargaba de gestionar el servicio del tranvía. La red de abastecimiento había sido arreglada y modernizada no hacía ni veinte años por la Waterworks Company Ltd., “la compañía de los ingleses”, los cuales, además de agua, nos habían traído el juego del balompié, o football, como ellos dicen.
   McCork se había instalado al norte, a extramuros, en la Huerta del Hierro. Allí operaba un taller de reparación de automóviles -McCork, Inc.- en el que yo me dejaba las fuerzas y el sentido del olfato, siempre negro de aceite como un betunero, oculto bajo el mono azul cobalto cubierto de grasa, con el nombre prendido en la solapa encima del bolsillo: Manuel Sebastián Lauro, aprendiz. Yo era entonces un hombre joven, muy trabajador, estrecho de tórax, magro de carnes, diecisiete años que parecían treinta. No es el trabajo en un garaje lo más indicado para conservar la juventud. El humo de la combustión araña tus bronquios hasta dejártelos como los de una cigarrera, tus manos son dos callos de cemento, la piel siempre huele a goma de caucho, gasolina y lubricante. En el taller de McCork sólo éramos tres, dos aprendices de mecánico y el propio escocés, demasiado entumecido por el aguardiente de la sierra para meterse en el agujero a revisar un eje de transmisión.
   Todas las mañanas, después de salpicarme los bajos en la pila del Corral de la Alpaca, abandonaba mi tugurio en la galería del primer piso para ser el primero en llegar al taller. Don Mac ya conocía mi diligencia, y como mi orfandad movía a piedad su viejo corazón montañés, me dejaba una copia de las llaves para que abriera y le diera un sorbo a la botella de orujo de hierbas gallego, que según él era el complemento indispensable de un desayuno como Dios manda.
   Mateu llegaba sin prisas, no antes de las diez.
   -Aparta, compañero -me saludó de un empujón-. No me pases las pulgas.
   Era un caricato de ego prodigioso y de tan pocos recursos como yo. Pagaba cincuenta pesetas mensuales por habitar una chabola de cartón piedra en las huertas de la Vega, junto a la fábrica de lanas de la Torrecilla camino de San Juan.
   -Hueles a aceitunera -me increpó como solía-. Y a taberna de lata.
   -¡Dejad la cháchara! -gruñó don Mac desde la oficina.
   Teníamos un teléfono, que McCork dejaba candado cuando salía para que Mateu o yo no pudiéramos hacerle uso. El viejo escocés pasaba horas al aparato gritando en su idioma, encargando piezas a Inglaterra que tardaban meses en llegar. Colgaba siempre que entraba en el garaje alguna visita importante. La de aquella mañana correspondió al egregio don Millán.
   Mateu y yo desconocíamos su apellido, pero sabíamos distinguir una buena casta y guardar la distancia apropiada que las buenas formas demandan. Don Millán, en cambio, transgredía de continuo el protocolo social, nos llamaba por nuestros nombres, nos daba palmadas en la espalda y sonreía. No podía evitar cierta jactancia cuando consultaba su reloj de oro macizo fijado a un botón del chaleco por una doble cadena. Era todo un señor: carismático, apresurado y conocedor del escaño que ocupaba allá en las alturas, a larga distancia del común. Tenía setenta y siete años y una salud de acero. Era cordial; jamás alzaba la voz para quejarse, lo que era de agradecer en el garaje donde McCork había establecido su tiranía vociferante.
   -Señores, pax vobiscum. Buenos días, Lauro.
   -Don Millán.
   -Dadle un repaso al Bentley. Hace ruidos raros cuando lo arranco.
   -Veré a ver -se adelantó Mateu.
   Don Millán conducía un Bentley de seis litros y medio recién ensamblado por el señor W.O. y sus operarios en la factoría de Cricklewood, Londres, aquel mismo año, para emplearlo en competición. Una máquina maravillosa. Había coches que soñaban con su dulce ronroneo. Ignoro su precio, pero sé que en 1925 no había más que uno en toda la ciudad, y era aquél. No quería ni imaginar cuánto costaba una máquina como aquélla, aunque pienso que don Millán podía permitirse aquello y mucho más.
   -¿Procurar el beneficio común con mi dinero? -lo oí discutir con McCork mientras Mateu y yo peleábamos por abrir el chasis del Bentley y examinarlo-. Así piensa un comunista. Es la última vez que hablo con usted de política, míster McCork.
   -¡En mi país se invierte en los bancos! -se defendió don Mac-. ¡Y los bancos los controla el gobierno! ¡Y el gobierno procura por las personas!
   -Siempre es mejor el país ajeno.
   -¿La vieja y jodida Inglaterra? -McCork sonreía tras su copa de anís El Clavel-. ¡Allí no tienen esto!
   Luego, don Millán se acercó a nosotros.
   -Lauro, ¿todo en orden?
   -Es el filtro del aceite. Mateu lo está cambiando. No le dará problemas este invierno, aunque lleva usted la rueda de repuesto vacía.
   -Mañana haré venir a Tomás.
   Don Millán se despidió tocándose el ala del sombrero.
   Vi salir el Bentley del taller con Tomás, el chófer, al volante. El coche resbaló por el camino de Cantalobos como un delfín lacado, brillante, limpio aguamarina bajo un cielo de postal. Envidia, sí, aunque sentía no poco orgullo de haberlo puesto a punto, y me invadía un sentimiento paternal por conocer sus entrañas como la palma de mi mano. Después de aquello, no hubo nada digno de mención en todo el día. En toda la semana.
   Hasta que regresó don Millán.

***

   Estaba cerrando la pesada puerta de chapa, último en salir, cuando vi que el Bentley se acercaba renqueando y levantando polvo por la vereda de tierra entre las huertas.
   -¡Lauro! -gritó don Millán al verme-. ¡Gracias a Dios! ¡He pinchado! -Se apeó, visiblemente agitado, sin apartar los ojos de su reloj de bolsillo-. ¡La rueda, Lauro! ¡Aprisa!
   -No puedo; ya se fue don Mac. No puedo coger repuestos sin darle aviso.
   -¡Ah, vamos, niño, yo hablaré con él mañana! ¡Ve a buscar esa rueda, rápido!
   Obedecí, pero no estaba conforme, porque era mi pellejo el que ponía en peligro.
   Mientras cambiaba el neumático, don Millán me refirió que regresaba de una visita por el camino de Cantillana cuanto le reventó la goma en un badén. Me preguntó por qué McCork guardaba tal celo con los repuestos.
   -Son caros -le expliqué-. Hay que traerlos por mar de la factoría de Cricklewood, en la misma Londres. Además, parece que alguien nos roba las piezas del garaje. Nos robaron un eje, dos faros, un chasis entero aún guardado en su caja. Han desaparecido accesorios, pistones, carburante… La semana pasada trataron de llevarse una válvula de aforo, pero llegué muy temprano, y al ruido de la puerta el ladrón huyó. Don Mac cree que son los gitanos de la Cava, que se llevan los recambios y los funden para sus herrerías. Yo creo que son los chatarreros del ferrocarril.
   »Bueno, ya he terminado. La rueda está lista.
   -Gracias, Lauro. Escucha, ¿quieres llevar el Bentley?
   -¿Cómo dice?
   -Vamos, entra. Vas a conducirlo. Yo no tengo costumbre, y Tomás está enfermo.
   -¿El Bentley? ¿Conducir yo un automóvil? ¿Un seis cilindros...?
   -¿Qué pasa? ¿Ese rojo escocés te aprieta las agallas? ¡Míster McCork el hombre, el gran empresario, que se bebe hasta el agua bendita! ¿Nunca os deja usar los coches que reparáis? ¿O es que no sabes conducir?
   -Sé conducir -respondí de inmediato.
   -Pues vamos. Necesito que me ayudes en algo.
   Sentarme sobre el cuero que aún guardaba el olor a fábrica me puso el corazón en la boca. Yo inspiraba y expiraba repasando con los dedos los mandos, el volante y las llaves de arranque. Don Millán rió ante mi estupor. Dio una palmada y dijo:
   -A la ciudad, deprisa.
   El Bentley cortaba el aire de la tarde. «¡Cómo corre!», pensé. Aceleré hasta la ronda de los frailes capuchinos y rodeamos las casas del centro de la ciudad. Me empeñé en desafiar a la línea número 10, que partía de la Puerta Osario cuando la alcanzamos, pero el tranvía no era rival para un automóvil con alma de coche de carreras.
   -Aprieta, Lauro -me apremió don Millán-. Tengo prisa.
   Lo hice encantado, aunque me ponía los pelos de punta que algún pillastre se nos subiera a la rueda de repuesto, o que al doblar una esquina embistiéramos al burro de turno cargado de escobas. En la ciudad no todos miraban al cruzar la calle, sobre todo los ancianos, acostumbrados a los tiempos libres de máquinas rodantes capaces de alcanzar las noventa millas por hora.
   -¿A San Vicente, don Millán?
   Todos los señores se acomodaban en aquel barrio.
   -No, Lauro. Entra por la Puerta de Carmona y sigue por San Esteban y Águilas hasta el Corral del Rey y el adarve que yo te indique. No voy a casa; voy a la propiedad de mi familia, al Palacio de los Alfarjes.
   No conocía el sitio, pero sabía que era la zona más antigua de la ciudad, y que tendría que hacer malabares para encajar el Bentley entre calles que se estrechaban y dividían como bronquios, cada vez más pequeñas y privadas. Creo que rocé una pared con uno de los guardabarros.
   El Palacio de los Alfarjes disponía de un patio para carruajes que precedía la entrada principal como si fuera el compás de un convento. Estaba empedrado con china y canto pulido, y rodeado de macetones limoneros. Detuve el Bentley junto a las plantas y apagué el motor. Para mi sorpresa, don Millán abandonó el coche sin hablar una palabra.
   «Se deja el sombrero», advertí.
   Don Millán corrió hacia el arco de la entrada y desapareció. Como no regresaba, imaginé que me aguardaba dentro.
   La casa tenía un zaguán estrecho, muy húmedo, un acceso en recodo a la manera morisca, de modo que el transeúnte no ve del interior de la vivienda más que una pared si la puerta de entrada se abre. Tras él se hallaba el auténtico vestíbulo, de dos alturas, un techo entrevigado con bovedilla cerámica y traviesas de canto de medio metro sobre canes labrados a cincel. La escalera ascendía tras una arcada de columnas jónicas. Subí. Las ventanas estaban cerradas, el patio cubierto por un toldo y una montera de cristal tintado. No veía nada, y no tenía un mal cajetín de cerillas, pero me guiaba el resuello de don Millán exhalando imprecaciones desde alguna parte de la planta superior. Ascendí un nuevo tramo de escaleras, más estrecho y privado, que me condujo hasta el ático del edificio. Debía serlo, sin duda, a juzgar por el techo a dos aguas y las cerchas herradas que unían y sostenía los planos de la cubierta. Me encontraba en un salón oscuro, una crujía de gran largura que recorrí hasta su mismo extremo esquivando muebles de cámara y montañas de libros enterrados en polvo y descuido.
   Sólo había una puerta.
   -¡Don Millán! -lo llamé-. ¡Su sombrero!
   Entré con la máxima cautela. Allí estaba don Millán, bajo los alfarjes de roble tallado que daban nombre a su palacio, con un libro de gran tamaño abierto entre sus manos.
   -Ven aquí, niño -me ordenó sin levantar la cabeza de sus textos-. Aún no es tarde.
   -¿Tarde para qué?
   Don Millán me miró. Sonreía.
   -Para hablar con el Altísimo -dijo.
   -¿Qué?
   -Acércate, vamos. Vas a prestarme ayuda.
   Me negué a ello, presa de una repentina aprensión.
   -No quiero hablar con nadie.
   -Y no vas a hacerlo -aseguró don Millán, aunque no logró tranquilizarme-. Tú no. Ven aquí, vamos. ¿Ves esta pared de yeso? Es falsa; rómpela y descubre el muro que esconde. ¡Aprisa! ¡No seas remilgado, Lauro, o te aseguro que el trabajo en el taller de McCork será el último que hagas! Le diré a tu jefe que eres un vago, ¡se lo diré a todo el mundo!, y nadie querrá darte empleo. ¡Acabarás en el río, sacando arena y grava, con la piel tan húmeda que se te caerá a tiras de sólo rozarla contra la ropa!
   La amenaza me dejó petrificado. No entendía por qué don Millán, siempre tan afable, se había transformado en aquel déspota que demandaba extrañas peticiones.
   Hice lo que me pedía; golpeé la pared. Como él dijera, no era más que una fina capa de yeso. Mientras don Millán murmuraba oraciones incomprensibles, yo derribé el tabique falso. Había un muro, un muro de granito al que no logré hallarle una sola junta. Parecía estar hecho de una pieza única, sólo que no era posible, porque medía dos metros de ancho por tres de alto. ¿Quién, y para qué, habría encargado tallar aquella losa gigantesca?
   Dibujado sobre ella, distinguí algo que me hizo retroceder.
   Un círculo.
   Un círculo de cabalistas ladinos, de astrólogos enclaustrados en buhardillas y almenas, de sombrías mujeronas con vello en las mejillas que leen el zodíaco y las palmas de la mano. Parafernalia de feria ambulante. Y lo tenía frente a mí, pintado en blanco, impreso en el muro como un ataurique de aljez, desmesurado, tan alto como dos hombres.
   Don Millán extrajo de su bolsillo un mechero de gasolina y encendió un cirio frente al muro. Yo permanecí clavado junto a la puerta con los pelos de la nuca convertidos en púas de puercoespín.
   -Ahora, Lauro, no digas una palabra.
   Y entonces echó a cantar, pero no el canto afable y discreto que murmuran los hombres de bien cuando se recogen al cabo de la jornada, ni la tonadilla de la artista de salón de variedades, ni la grosería corralera, ni el fandango o la granadina de un gitano con el alma templada por el filo de la navaja y el aguardiente. Era un cántico demencial cuya letra carecía de sentido, jerigonza de tintes sacrílegos que habría costado al cristiano más viejo una vista con el Santo Oficio noventa años atrás. Este desvarío me confirmó que el insigne don Millán andaba tocado del ala. Pero nunca he sido simple de entendimiento, y quise mostrar que estaba a la altura de las circunstancias en aquella ocasión. Don Millán, pensé, era tan rico y caballero que debía condonarle toda excentricidad. ¿No importaba automóviles de países lejanos? Todos los señores de la ciudad hacían locuras, apostaban a los caballos en el hipódromo de Tablada, celebraban fiestas cuyo coste habría dado de comer a los mendigos de la sopa boba durante un año, o vestían a sus esposas a la moda parisina, que dejaba al aire las canillas, para llevarlas en verano a la costa, donde no hay más que arena y agua salada.
   Tenía la lengua seca. Sentí una brisa gélida que me empujaba hacia el círculo. No pude más: abandoné todo intento de compostura y me lancé sobre la puerta del salón.
   -¡Ábrete! -grité, tirando del pomo-. ¡Quiero salir! ¡Quiero salir!
   Algo chilló como una cerda en el matadero. Me di la vuelta y clavé la espalda contra la pared. Frente al círculo, don Millán era azotado por un huracán invisible. Las rachas de aquel viento del averno le sacudían los miembros como si fuera un pelele; uno de los embates le retorció un brazo hasta sacárselo de quicio. Grité de puro terror, pero don Millán lo hacía de sufrimiento. Ya no era sólo que una fuerza negra que no podía controlar le estuviera descoyuntando los miembros uno a uno. El huracán inspiró, absorbiendo el aire del salón como una ventosa, para expeler latigazos aún más crueles sobre el cuerpo torturado del pobre viejo. Le desgarró el traje abriéndole las costuras por las mangas. Arrancó los botones de su chaleco. El cuello almidonado revoloteó furioso hasta el techo. Dejó a don Millán como su madre lo trajo al mundo, su elegancia burguesa eclipsada por la pálida vejez de un espantajo consumido hasta el hueso, el pelo blanco erizado como crines de estopa, y una piel que se llenaba de minúsculos puntos rojos como cabezas de alfiler.
   Don Millán se descomponía. Parecía que un levante lo acribillara incrustándole arena bajo la piel. La sangre lo cubrió. El viejo emitía ahora un lamento inhumano, y ya no era un hombre, sino una criatura soportando la peor de las agonías. Bajos los cueros del infeliz apareció una materia fibrosa, purpúrea. Don Millán parecía un ternero abierto y despiezado colgando de un gancho. Enronqueció cuando el viento le despellejó la garganta. Pude ver sus huesos, Santa Madre, bastones de nácar que se quebraban para soltar vísceras y fluidos.
   Volví la cara para no enloquecer. Yo era un simple mecánico que sólo sabía de cilindros, pistones, frenos y motores de combustión. No era capaz de asimilar aquel horror, no entendía que un anciano caballero asiduo al Café París, zapatos con lustre y por vehículo el único Bentley de toda la región se hubiera hecho trizas ante mis ojos.
   Salvó mi cordura una minúscula rayuela de oro que se filtraba por la celosía del ajimez, al extremo del salón. Me arrojé sobre la madera desvencijada, enferma de carcoma, y caí al patio de carruajes para aterrizar sobre un lecho de buganvilla.
   Dolorido, pero aún más aterrado, monté en el Bentley y escapé por estrechas callejas sin asfaltar de ladrillo húmedo y resbaladizo. Abandoné con un rugido los vericuetos del centro, la urbe amurallada cuya cerca había caído bajo la piqueta del progreso. Mediada la calle Oriente, cerca ya de la Cruz del Campo, me atacó una manta de agua pesada y gris, pero el mascarón alado sobre la parrilla del radiador del Bentley se encargó de abrirla como una cortina. Ya era de noche. Me descubrí llorando como un niño al volante de aquella máquina, con mi mundo reducido a un retal de luz sobre los raíles desiertos del tranvía.
   Me alejé de la ciudad. En el puente de Ranilla me detuve en seco, y allí comprendí lo que haría: abandonar el Bentley en la extensa vaguada del arroyo Tamarguillo, oculto en el carrizo, una hierba espesa, larga, de dos metros de altura. El perfecto escondite para encubrir un delito que no había cometido.
   Me llevó una hora desandar los tres kilómetros del camino de vuelta hasta el Corral de la Alpaca. Para entonces, el cansancio me tenía vencido, y caí dentro del mono sucio de McCork completamente narcotizado.

***

   Me despertó Palomares. Golpeaba la puerta con un dedal de hojalata.
   -Hoy no hay café -dijo-. Cebada al tueste con un poco de achicoria.
   No entendí de qué hablaba el hombre hasta que el sol me apuñaló los ojos. Por fortuna, el viudo Palomares, mi vecino de puerta en el corral, sabía reconocer un malestar de ánimo. Dejó la molienda sobre la cajonera de junco que me hacía las veces de mesa y desapareció.
   -Ya pasó todo -murmuré, la cara aplastada contra el jergón de foñico.
   Y en verdad lo parecía. El ajetreo familiar de la vecindad me llenó de calma. En el patio, las mujeres frotaban sus paños en las tablas de madera junto a la pila del agua y las ponían a secar. Los niños jugaban. Los hombres salían del corral a buscarse la vida. Con el común nunca había sorpresas; demasiado pobres para conducir coches ingleses, vivir en palacios añejos y saltar por los aires tras haber invocado a Lucifer.
   Pasó una semana. Yo no dejaba de pensar en lo ocurrido. Apenas dormía, ni comía, y sólo por evitar la furia de McCork me acercaba por el garaje, si bien puntual a mi rutina, primero en entrar y último en salir, porque yo era un animal de costumbres, y el trabajo mecánico era el mejor remedio contra mi espanto.
   Nadie hizo preguntas. Nadie me relacionó con la desaparición de don Millán. Tampoco yo deseaba remover la tierra; algún día, un día lejano, quizás me atreviera a dar testimonio a mi confesor, en tercera persona, claro, mentando al amigo de un amigo, porque no me habría gustado dar con mis huesos en la cárcel o en el Manicomio de Miraflores.
   Pero empecé a oír aquella voz. La Voz.
   El primer día me llegó como un susurro; yo la creí el eco de una conversación lejana traída por el viento. Luego, fue tornándose recia, ganando volumen hasta convertirse en un verbo grave que siseaba a todas horas. «Sólo es cera», trataba de convencerme, «cera en los oídos». Fue tras mi cita con doña Paula cuando mostró todo su ímpetu, su innegable autenticidad. Yo había empleado toda la tarde en exponer a la señora Paula, dueña de los apartamentos de la Alpaca, mi precaria condición de aprendiz asalariado. El propio Palomares, que baldeaba la galería de la segunda planta donde tenía su cuartucho de renta antigua, apoyó mis argumentos para eludir un enésimo alquiler. Al final doña Paula cedió, gruñendo entre dientes mientras subía escaleras arriba a su lavadero particular, ubicado en el castillete de la azotea.
   -Tiene buen fondo -confesé a Palomares, y me fui a dormir.
   «¿Buen fondo? ¡Pis de burro!»
   Oí la Voz tan nítida, tan intrusa, que casi pude olerla.
   «Yo te hablaré de tus vecinos, Lauro».
   -¿Qué? ¿Quién habla…?
   «Atento. ¡Mira! Ahí, tras la reja del castillete, acecha la señora Paula, que antes era Paulina Ropavieja, Paulina la Trapera, una niña remendona que zurcía los sietes a los hijos del casero por medio real. Todas las noches sube al castillete de la azotea, al lavadero, y observa a sus inquilinos amparada en la penumbra, rumiando maldiciones, rezando el Deo gratias por ser mejor que vosotros. Mas no puede engañarse del todo; aún le azota en los tímpanos el alborozo de los hijos del casero gritándole ¡ropavieja, trapo roto, cose que te cose camisa y camisón!»
   «Y Palomares, que dormita su adorable vejez sobre tu cabeza; nunca creerías lo torvo que el tierno abuelo llegó a ser cuando tenía tu edad. No, no creerías que observaba a su madre sin perder puntada cuando la muy fresca traía desconocidos a casa para revolcarse con ellos, ni que pegaba a su esposa hasta que ella, harta del calvario que era su vida, se arrojó por la ventana hace quince años. Pobre viudo, vecino ejemplar, todo fachada el gran hipócrita, auténtico monstruo de puertas para dentro».
   -¡Calla! ¡Basta!
   Bajé al patio en mitad de la noche y metí la cabeza en la pila del agua hasta que la Voz desapareció.

***

   Quería creer que era sólo cansancio, el suspiro de mi alma trastornada por la horrible suerte de don Millán. Durante el resto de la semana hice vida normal; ni rastro del verbo maldito, pero yo lo sentía respirar dentro de mí, encogido, expectante, resollando bajo mis sienes. Una locura.
   Admitía, sin embargo, cierta curiosidad sobre aquello que la Voz me había revelado.
   ¿Sería todo aquello cierto? ¿Era la señora Paula una hija de la calle en lugar de la próspera dueña del corral donde malvivíamos? Y Palomares, que siempre me guardaba un dedal de café molido para el desayuno, ¿también guardaba en reserva el secreto de la muerte de su mujer, de la cual era el mayor responsable?
   Un día, en el taller, la Voz regresó con las uñas afiladas y vertió en mis oídos toda su hiel, y esta vez la víctima fue mi compañero de trabajo, Mateu.
   «¿Ése? Es el peor de todos. ¿Quién crees que roba las piezas de recambio, Lauro? Los repuestos importados. No son los gitanos de la Cava, ni los chatarreros del desguace del ferrocarril. Es Mateu; se está fabricando su propio Bentley tuerca a tuerca en un almacén de borra de la Huerta de la Torrecilla. El chico  es listo: os ha engañado a ti y a McCork durante los últimos años. ¡Pronto lo veréis al volante del primer y único seis cilindros de Cricklewood fabricado en territorio nacional! ¿Sabes qué? Ya sólo le falta una pieza».
   -Una válvula de aforo… -murmuré, y comprendí que todo lo que la Voz me contaba era tan cierto como que el mundo en que yo vivía iba perdiendo su solidez.

***

   Agarré a Mateu del brazo y lo saqué del taller, lejos de McCork.
   -¿Qué te pica? -protestó él.
   Yo había decidido lanzárselo a bocajarro.
   -¿Dónde piensas ir con tu coche nuevo?
   -¿Qué?
   -Tu coche.
   A Mateu le temblaron los labios. Si tenía ganas de guasa aquella mañana, acababan de marcharse junto a la sangre de sus mejillas. Por un instante pensé que iba a echarse a llorar, pero hizo un último intento de protegerse.
   -Yo no tengo un automóvil -aseguró-. ¿Con qué dinero iba a…?
   -¿Crees que nadie preguntará de dónde has sacado un Bentley, Mateu? Incluso si has planeado venderlo, ¿cómo lo harás? Sin papeles, sin matrícula ni licencia de circulación. Por Dios, ¿en qué estabas pensando? ¿Crees que ese vehículo pasaría desapercibido? ¿Cuántos coches hay matriculados en toda la provincia? ¿Y en la ciudad? ¿Crees que hay más de mil?
   -Eso no será problema -balbuceó Mateu, las manos abiertas pidiendo calma y reserva-. Lauro… Dentro de cuatro años todo el mundo en esta ciudad estará nadando en la abundancia con el dinero que recaudemos de la Exposición. Hasta el más humilde podrá comprarse un automóvil. Y yo conduciré el mío con la barbilla apuntando al cielo.
   -Sólo que no te habrá costado una sola peseta. ¡Pero sí a don Mac!
   -¿Y qué? Me cobro lo que me toca. En la Inglaterra cualquier mecánico gana diez veces más que nosotros. Don Mac ha venido aquí a sacarnos el jugo, y lo hará hasta que reventemos y él se llene los bolsillos. Luego, regresará a su país, ya sabes, cada mochuelo a su olivo, y a nosotros que nos zurzan.
   -Los idiotas como tú son el veneno de esta ciudad -le escupí, y me di la vuelta.
   Mateu me cortó la retirada.
   -¿No irás a…? Lauro, por favor. Amigo.
   -McCork debe saberlo. Es su dinero.
   -Si lo haces voy a prisión -gimió Mateu-. ¡Lo pierdo todo, Lauro!
   -Un canalla menos.
   -¡No se lo digas, Lauro, te lo ruego! ¡Si lo haces me matas!
   -Haberlo pensado antes.
   Esquivé a Mateu y caminé hacia el taller. Mateu me arrojó una pregunta:
   -¿Cómo lo has sabido? Lo del Bentley. ¿Quién te lo ha dicho?
   Pero se quedó sin saberlo.

***

   «Despierta, Lauro. ¡Despierta!»
   -No… -murmuré en la oscuridad de mi alcoba-. Déjame en paz. No quiero que me cuentes nada, no quiero saber nada.
   «Sólo te muestro la verdad».
   -¡Pero yo no la busco! -me revolví-. ¿Qué eres? ¿Qué hiciste con don Millán? ¿Por qué me atormentas? ¿Qué te he hecho, qué pretendes?
   «Sí que quieres saber... »
   -¿Por qué no puedo verte?
   «No puedes verme porque no estoy contigo del todo, Lauro».
   -¿Y cómo es que oigo tu voz?
   «Por el vínculo».
   -¿Qué vínculo?
   «Tú viste cómo él llamaba a la puerta».
   -¿De qué hablas?
   «Del círculo. Estabas allí, estabas con ese anciano arrogante, Millán, cuando llamó al portal para hablar con los míos. Creyó que era empresa fácil comunicar nuestros mundos. La ignorancia es simple. Confiaba el muy soberbio en adquirir una pizca de omnisciencia utilizando garabatos impresos y palabras altisonantes de idiomas que ya no habláis. Aunque admito la lógica del carmen oscuro como detonador de la energía de la voluntad. ¿Sabes que existe energía suficiente para destruir el mundo en un solo pensamiento? La clave está en saber usarla y, por supuesto, en disponer de la capacidad moral suficiente para comprender que no es sensato hacerlo».
   -¡No entiendo una palabra de lo que dices!
   «Don Millán está con nosotros, aunque no del modo en que deseaba. Ahora purga su ambición en un estado que no le permite hacer más daño. Queda, no obstante, una cuestión sin resolver: dejó la puerta entreabierta, el estúpido, el gran maestro, y no todos por aquí gozamos de la misma categoría ética. Algunos aborrecen las barreras; parasitan entre planos y nunca desperdician una ocasión de pasar de un lado a otro».
   Así habló la Voz, aunque no supe hallarle sentido; sólo sabía que aquel sinsentido de blasfemias y purgatorios sonaba a blasfemia de charlatán de mercadillo, y que mi alma estaba a punto de condenarse al averno si no ponía fin a la infección que me roía las entrañas.
   -¡Eres un hijo de Satanás! -resolví-. ¡Sal de mi cabeza! ¡Sal y vuelve a los infiernos!
   «Aún necesito que hagas algo por mí, Lauro».
   -¿Pero qué quieres?
   «Volverás a la casa de Millán».
   -¡No! ¡Jamás! ¡Todo esto va contra Dios!
   «En absoluto, Lauro. Es todo lo contrario. ¿Es que no quieres recuperar el sueño, recuperar esa vida tranquila y laboriosa que tanto te gusta entre tus bujías de chispa y tus manguitos relucientes recién salidos de fábrica? Haz lo que te digo y las aguas volverán a su cauce».
   -¡Mientes!
   «Los ángeles no sabemos mentir».
   -¿Ángeles...? -Contrario a lo uno espera de un encuentro divino, yo sentía náuseas-. No... Tú no puedes ser un... No puedes serlo. Todo ese veneno... ¡Tú no eres un ángel! ¡No haré lo que me pides! ¡No volveré a la casa de don Millán!
   «Lo harás».
   -¡No puedes obligarme!
   «¿Estás seguro? Si no vuelves allí compartiré contigo mi percepción de la existencia; tu mundo será un inmenso muladar donde sólo acertarás a ver la inmundicia que anida en el corazón del prójimo. No lo soportarás mucho tiempo, Lauro. En dos semanas me estarás pidiendo que ponga fin a tu vida, o acabarás arrojándote desde la torre de la catedral».
   -Pero no lo entiendo. ¿Para qué me necesitas?
   «Ya te lo he dicho: hay que cerrar la puerta. De lo contrario preveo horribles desgracias. Sangre y bilis en el plano que nos trasciende: vuestro mundo. Pero si evitas que mis hermanos más negros hagan uso de ese umbral todos quedaréis a salvo».
   -Pero…
   «Duerme, Lauro. Irás mañana. Mañana serás un héroe».

***

   Pero al despertar aún seguía siendo el insípido mecánico de McCork, Inc. con las uñas sucias de grasa y olor a aceite usado. Extraña la manera en que las personas afrontan los días más complejos de sus vidas; yo lo hice de la única manera que conocía: levantándome a devorar el pan fresco de Alcalá cubierto de aceite y ajo y su copa de anís en mi bar de la Ronda antes de saltar al coche eléctrico de la Tramway Company para ser el primero en llegar al taller. Sin lograrlo, por cierto; la puerta ya estaba abierta. Hallé a don Mac sentado, aguardándome con un Cazalla a medio trasegar y una botella vacía de licor de guindas.
   -Lawrey, muchacho, ¿lo sabes ya?
   -¿Saber qué?
   -Matthew. Ahogado en el río.
   -¡¿Qué?!
   -Dice la policía civil que conducía un automóvil sin matricular por la Huerta de la Victoria, y que iba borracho de anís. Dejó atrás el convento de los Remedios y se metió campo a través por prados y naranjales. Cayó a los Gordales con el coche, y el reflujo de la marea lo arrastró hasta el canal nuevo. Recorrió el tramo excavado de la corta de Tablada antes de hundirse. Jesucristo, qué desgracia…
   -Imposible...
   -Ya lo vi raro ayer tarde. Preocupado. ¿Quién sabe en qué estaría pensando? Lo extraño es que al coche misterioso le faltaba una pieza: una de las válvulas de aforo.
   -Dios…
   -O el Diablo -McCork me torturó sin saberlo-. El velatorio es esta noche, a las diez. Su viuda lo organiza en la fábrica de la Torrecilla. No sabía que Matthew estuviera casado. Y además tenía una hija de dos años.
   Salí corriendo del taller por el camino de Cantalobos, de vuelta a la ciudad. Dejé atrás los plantíos de la Barzola y divisé junto a la Ronda el hospital nuevo de la Cruz Roja. Penetré en el callejero torturado de la vieja ciudad, un dédalo oscuro que amenazaba con engullirme, tejados vencidos al acecho de un incauto en extravío. Un miedo eléctrico me sacudía el espinazo.
   No eran las nueve de la mañana cuando una vez más crucé el umbral del Palacio de los Alfarjes. En el patio de carruajes, el empedrado de chinos aún mantenía el dibujo de los neumáticos del Bentley. No había rastro de la policía civil, pero sí un cartel colgado sobre el arco del vestíbulo que anunciaba:

Investigación en curso. ¡Prohibido pasar! Los intrusos serán arrestados.

   Algo tiraba de mí, algo ajeno a este mundo. Me arrastró peldaño a peldaño hasta el ático de mi última pesadilla. El balconcillo del ajimez seguía roto, filtrando cánticos de iglesia, campanas, y el aire infecto de una reliquia urbana en estado de descomposición.
   Vi de nuevo el círculo.
   «El círculo es sólo un dibujo», dijo la Voz por última vez. «Detrás del círculo. La roca, esa mole de granito impregnada por miles de años de insana devoción».
   Renuncié a comprender lo que la Voz me decía. Sólo tenía ojos para el círculo, y a poco se me salen cuando la inmensa losa de piedra crujió como una nuez, se cubrió de grietas y comenzó a partirse por las líneas de albayalde. Cayó al suelo en grandes trozos afilados, dejando una oquedad del tamaño de una persona que exhalaba un vapor húmedo, fétido, corrosivo como el tufo de una cloaca. Y yo entré allí, en aquel pozo sin fondo y sin salida que parecía incrustarse en las entrañas de la casa.
   -Ah, Lauro, estás aquí... -Era la Voz, sólo que ahora susurraba ante mí, real como la muerte, e igual de oscura-. No estaba seguro de que vinieras. Sois tan impredecibles... Tenéis el hábito irritante de cambiar de parecer. El libre albedrío, supongo -No me atreví a mover una ceja. Él se acercaba. Pude sentir su aliento en mi cara-. He esperado mucho, mucho tiempo. Dicen que el tiempo no existe, que es un arbitrio sensorial, pero te aseguro que en mi mundo su flujo te envuelve como un río de magma, viscoso y abrasador, tan lento y pausado que enloqueces al primer minuto. Imagina la manera de concebir la existencia de una mente consciente que emplea la eternidad para levantar un brazo. No podrías soportarlo. ¿Crees que vuestro tiempo es importante para nosotros? Para mí tu vida es un pestañeo, Lauro -Comprendí. Comprendí que había cometido un tremendo error-. Y ahora, prepárate, porque tú y yo vamos a bailar una danza maravillosa. Millán el maestro introdujo la llave. ¡Tú has abierto la puerta, aprendiz!
   Me obligó a mirarle a los ojos, rojo sangre sobre el negro del vacío más absoluto. El Padre de la Mentiras atravesó mi carne y mi alma, y yo recordé la suerte del distinguido Millán, un necio ignorante que una vez creyera poder tratar con el Diablo tuteándolo como a un amigo.
   Ya no atesoro ningún otro recuerdo que aprecie, excepto el Bentley de don Millán y el trayecto que me cedió a más de noventa millas por hora. ¡Ah, la furiosa vibración en mis manos a través del volante…!
   Habría caído en su trampa una y mil veces.

   Juan Antonio Caro Cals

miércoles, 11 de enero de 2012

I Concurso Bibliofórum Sevilla, Entrevista a Daniel Covacho Cordero.

Daniel Covacho Cordero: “El Concurso Bibliofórum fue el acicate que necesitaba para ponerme a escribir. Gracias al equipo por servirme de motivación”.


Daniel Covacho Cordero es el ganador del premio del I Concurso Bibliofórum Sevilla con el relato titulado En busca de la eternidad y ha recibido un ejemplar de la obra Capitán Nadie de José María Carrasco Soriano. El autor no pudo estar presente en el momento en el que se comunicó el Premio. Sin embargo, hemos tenido la oportunidad de charlar con él. Aquí os dejamos sus impresiones y, por supuesto, el relato ganador.

1) ¿Te consideras un escritor de brújula o de mapa?
Daniel.- “Planifico y, según me vienen las ideas, las pienso, recapacito y las moldeo, y después, cuando ya tengo decidido que me voy a poner a escribir hay veces que lo tengo todo bastante estructurado mientras que otras veces se me van ocurriendo cosas a medida que escribo y les voy dando cabida en el texto. Algunas veces, en cambio, me he puesto a escribir sin tener en mente un destino, pero entonces, como se suele decir, el final te encuentra”.

2) ¿Con qué género te sientes más identificado para para leer y escribir?
Daniel.- “Fundamentalmente fantasía. Algunas veces me he metido en otras temáticas, pero principalmente me gusta la fantasía. Y dentro de la fantasía, épica medieval (por ahora sin dragones)”.

3) ¿Cómo construyes tus personajes? ¿Cuál es tu relación con ellos?
Daniel.- “Normalmente me centro más en la trama y es después cuando me dedico a crear los personajes que entrarán en ella. Es decir, en todo momento los personajes se deben a la trama, pero me preocupo de darles cuerpo, ahondando un poco en ellos para que no sean títeres sin personalidad. Esto es una generalización, ya que no con todos es igual, pero principalmente es así”.

4) Ya sea como escritor o como lector ¿Qué tipo de escenas tienen más importancia para ti en un libro? ¿Las de acción? ¿El romance? ¿El humor?, etc…
Daniel.- “Básicamente me centro en la acción. El ritmo, el dinamismo, son lo principal. También me gusta introducir momentos emotivos, y respecto al humor, no me prodigo alguna cuñita pero poco más”.

5) Comentábamos acerca del ritmo de tus creaciones. ¿Qué puedes decirnos sobre esto?
Daniel.- “Normalmente el ritmo que busco es alto. No me considero muy prolijo en las descripciones, no me gusta centrarme en ellas, sino en la acción, en el desarrollo de la trama. Los actos prevalecen sobre las descripciones”.

6) ¿Cuándo empezaste a escribir? ¿Qué fue lo primero que escribiste?
Daniel.- “Desde pequeño siempre me ha acompañado el gusto por la fantasía. De entrada nunca me había plantado crear nada, pero las ideas bullían constantemente en mi cabeza. Fue con 17 o 18 años (hoy 29) cuando empecé a escribir algo con forma y cuerpo.
Lo primero que escribí fueron desarrollos de las ideas que continuamente voy apuntando. Hasta que no tengo más tiempo no recojo alguna de ellas y me pongo a construir una historia más definida y completa. Esto es independiente de nada salvo de la idea, de la trama: si está más desarrollada, si la propia historia lo pide, el formato será largo (novela); en caso contrario, será un relato corto.

7) ¿Te gustaría publicar? ¿Has publicado ya algo?
Daniel.- "Evidentemente, a todo autor le gustaría publicar. Hasta ahora, tengo publicada una obra en la Biblioteca de Granada, en la sección de Inéditos. Su nombre es Úremar. Se trata de una publicación sin editorial, directamente con la Biblioteca.
Aparte de esto con el premio del I Concurso Bibliofórum Sevilla, también cuento con el Premio de Relato Corto de creación en vivo de las VII Jornadas de Rol y Estrategia de Sevilla."

8) ¿Fue el mismo estímulo, el mismo impulso, el que te llevó a participar en ambos concursos?
Daniel.- “Fue algo distinto. En el caso de las Jornadas de Rol y Estrategia la experiencia fue muy intensa y divertida, porque se trataba de escribir sobre la marcha, sin tiempo para meditar absolutamente nada, y en cambio, ahora se ha unido que últimamente tengo muy poco tiempo para escribir y sentía la necesidad de hacerlo con la convocatoria del concurso Bibliofórum y este fue el acicate que necesitaba para ponerme a escribir. Gracias al equipo por servirme de motivación y, por supuesto, por el premio”.
Bien, como sabes, Daniel, el premio lo concedió todo el público asistente por votación, y lo cierto es que nos sentimos más que generosamente pagados si de algún modo hemos podido servir de motivación para la creación de otra gente. No pedimos más.

9) Última pregunta. Junto con esta entrevista haremos público el relato ganador, contamos con tu permiso, ¿verdad? Pero, este esbozo forma parte de otra idea más grande, ¿no es cierto?
Daniel.- "Sí, sí. Por supuesto. Está centrado en un personaje que forma parte de una idea que tengo pensado desarrollar en un futuro y es cierto que dicho personaje está ya bastante definido en profundidad y forma. Pero sí, en principio la idea tiene más recorrido".

Redactora: Covadonga Bernaldo de Quirós Márquez

A continuación, os dejamos el relato ganador de Daniel.

EN BUSCA DE LA ETERNIDAD


Víctor se estaba lavando las manos en el baño, pensando en su derrota, y en el futuro. El agua que resbalaba por el lavabo estaba bastante turbia, manchada con la sangre de la última persona que se le había resistido. No le gustaba hacer daño a la gente, pero por las buenas no se conseguía nada.

Sus víctimas solían ser hombres adinerados que empleaban sus riquezas en antigüedades, cuando se trataba de esta gente no solía tener problemas, la voluntad de las personas suele ser inversamente proporcional a su fortuna. Los objetos que Víctor buscaba eran reliquias egipcias, reliquias que bien utilizadas le acercarían a la inmortalidad. Cuando se enfrentaba a alguien como él, sí tenía más problemas, tenía que realizar un gran esfuerzo para averiguar la procedencia la reliquia en cuestión, y el paradero de alguna más que la persona pudiera tener escondida.

Al principio, cuando fantaseaba con la idea de vivir eternamente, solo hojeaba libros y se imaginaba descubriendo alguna tumba con los componentes del ritual; tras convivir con su madre enferma durante más de un año, sin que fuera capaz de dar más de diez pasos seguidos, decidió que no acabaría así. Entonces, comenzó a investigar más a fondo, los robos formaron parte de su rutina, y dos años después cometió su primer asesinato. Tuvo grandes remordimientos, pero mayor era su obsesión. Empezó a pensar en la muerte, la muerte era un tema tabú en la sociedad, pero era de las cosas que se podía hacer con más facilidad, sentarse junto a un hombre en un banco y clavarle un cuchillo en el cuello, pasear por un puente y tirar a alguien, dar un pequeño volantazo y atropellar a un peatón. Sin embargo la gente se sorprendía ante las noticias fatales, era como sorprenderse por la caída de una hoja, lo raro era la vida, no la muerte, por ello debía asegurar su permanencia en este mundo, y si tenía que matar a alguien por ello, solo estaría adelantando unos años lo inevitable, solo él sería capaz de evitarlo.

Sus primeras muertes fueron bastantes desagradables, como ya había pensado matar era bastante fácil, pero matar bien era muy complicado. Su fin no era la muerte, sino la información, sus objetivos los solía alcanzar con unos pocos golpes contundentes, cuando estaba ante alguien con especial fortaleza, era cuando llamaba a la puerta de la muerte, pero nunca de la víctima, sino de algún ser querido. Había acabado con muchas vidas, ya no sentía asco como al principio, solo una gran molestia cuando tenía que limpiar la sangre, razón por la cual solo hacía el daño suficiente para que la persona hablara, cosa que a veces era muy difícil, ya que luchaba contra los sueños de los demás para imponer el suyo.

Llevaba ya mucho años investigando, poseía ya casi todo lo necesario para convertirse en un dios, pero a pesar de estar tan cerca continuaba siendo una persona normal, era lo más frustrante de todo. Muy pronto podría alzarse sobre el resto de sus semejantes, pero mientras tanto tenía que seguir agachando la cabeza ante muchos de ellos, algunos de los cuales le eran bastante repulsivos, se disponía a dar otro paso en su camino a la decadencia. Javier era su vecino, y durante años el odio que sentía había estando creciendo. Por primera vez decidió matar a alguien por puro placer. Una voz invadió su cabeza.

-Sr. Rosado, tome, es la hora de su medicación.

lunes, 9 de enero de 2012

Medidas Psi

La atractiva periodista hablaba a la cámara que flotaba a la altura de su rostro. Tras ella, a unos veinte metros, se apreciaba el acordonamiento de la zona circundante a la sucursal del Banco de España. Robots-valla y automóviles de la policía, con agentes apostados, impedían el acceso al perímetro asegurado.
- …Y el atracador juró que dispararía en todas direcciones si algo o alguien intenta detenerle o seguirle, aunque ambas cosas son poco probables, ya que… - una algarabía de exclamaciones hizo que la periodista se volviese - …pilota un antropotanque comandante de las guerras gliesianas. Y ahí viene.
Las amplias puertas corredizas automáticas terminaron de abrirse y el blindado con patas avanzó sobre las ruedas oruga de éstas en casi total silencio. En su mano izquierda de carga portaba un contenedor acorazado del tamaño de una maleta grande, claramente arrancado de algún anclaje. El coloso de guerra avanzó hasta el centro de la plaza. De su parte posterior surgieron los dos impulsores gemelos que le elevarían al éxito.
Pero mientras, una mujer menuda en traje de chaqueta se le había aproximado lentamente. Resultaba tan insignificante que, sólo cuando estuvo cerca, el delincuente reparó en ella.
- Pedí expresamente que no se acercase nadie - se pudo oír a través de los altavoces exteriores del gigante mecánico -. ¿Es que prefieren un baño de sangre, vísceras y miembros en lugar de un robo limpio?
- No se enfade - dijo la mujer de tal vez unos cuarenta - sólo soy la negociadora y no cobro si no vengo al menos a fingir que lo intento, aunque en este caso ya sé que hemos perdido y… le doy mi enhorabuena.
- Pues gracias y apártese si no quiere que le chamusque las pestañas al despegar.
- Lo haré enseguida pero… Sólo una pregunta y podrá marcharse sin herir a nadie.
- Rápido.
- Los doctorados en psicología tenemos trillado que los hombres a los que les gusta manejar armas tienden al complejo de inferioridad sexual, siendo éste proporcional al calibre deseado -. Aquí hizo una pausa para carraspear, y el serio rostro pareció adquirir cierto grado de humor antes de continuar -. Así que si alguien ha trabajado tanto para conseguir la mayor y más destructiva de las armas individuales… - En este punto, la negociadora alzó un poco su mano derecha mostrando los dedos índice y pulgar separados apenas por un par de centímetros.
De repente se produjeron dos chasquidos, como de cerrojos, y la escotilla superior del blindado se abrió. Un tipo pequeño, cabezón y casi calvo asomó medio cuerpo soltando espumarajos al gritar enfurecido.
- ¡Zorra…! - Y se detuvo al ver aproximarse el proyectil en forma de vaina -…Mierda…
El pequeño objeto impactó en la frente, se adhirió revelando forma de estrella de mar, y emitió una potente descarga eléctrica que dejó al tipo inconsciente.
- Buena puntería - dijo la mujer ya alejándose de la escena y mirando hacia los tejados. - Es buena o es buena - le decía el francotirador del lanzador en forma de tubo a su ayudante.

Pepe Carrasco

Citas de Enero. Empezamos 2012 con fuerza.

El mes retoma el curso habitual de actividades, así que tendremos tanto Bibliofórum CICUS como, de nuevo, Desencuadernando Mitos en Casa del Libro.

- En primer lugar, el Viernes 13, a las 19:00, en el Centro de Iniciativas Culturales de la Universidad de Sevilla (CICUS), C/ Madre de Dios, nº 1, en Sevilla, tendremos un nuevo Bibliofórum que compartir. En esta ocasión nos centraremos en la creación de literatura con base histórica, y tendremos la mesa de ponencia llena de talento a reventar: Nerea Riesco, Teo Palacios y José Ángel Muriel, con la moderación de Juan Antonio Caro Cals.

- Y, a continuación, el Lunes 30 a las 19:30, con ese Febrero bisiesto llamando ya a nuestras puertas, desencuadernaremos la literatura romántica en La Casa del Libro de la C/ Velázquez, también en Sevilla. Esta iniciativa, promovida por ZW Agencia Literaria y patrocinada por Casa del Libro en la que colaboramos es otro de nuestros "must have" literarios del mes, así que... ¡No podéis faltar! Contamos con todos vosotros para hacer auténtico amor a la literatura.

miércoles, 28 de diciembre de 2011

No tengo palabras

Sus pasos resuenan por el pasillo, tac, tac tac, mi corazón late al mismo tiempo que sus tacones sobre el mármol. Hoy es el gran día, hoy por fin le diré a Ana que la amo, que llevo amándola mucho tiempo y que sé que ella, aunque se esfuerza en disimularlo, me corresponde. Lo sé por como brillan sus ojos castaños al mirarme de reojo cuando estamos sentados juntos, por el modo en que me acaricia con cualquier excusa y sonríe mientras se me eriza hasta el ultimo pelo del cuerpo. He esperado el momento perfecto y, queridos señores, es hoy.

Las circunstancias son perfectas porque “El Otro” hizo esta mañana la maleta, lo observé desde la puerta del dormitorio; metió dentro su pijama más grueso, sus apestosos frascos de colonia y el ordenador portátil al que no me deja ni acercarme, en fin, todos sus bártulos. Ana lo ayudó, se veía claramente que estaba deseando que se largara tanto como yo, no paraba de meterle prisa y de reñirle porque siempre lo deja todo para el último momento. Él le dio un beso fugaz antes de salir “Te llamo en cuanto llegue a Barcelona” le dijo. Es una frase de despedida vulgar y sin romanticismo. Ese patán no la trata como se merece y por eso no siento el menor remordimiento al pensar en lo que va a ocurrir esta noche. Dentro de nada. Ella cerró la puerta y clavó en mi una de esas miradas cómplices que adoro “Tenemos el fin de semana para nosotros, gordo” Me dijo antes de darme un beso en la frente, coger su abrigo a toda prisa y marcharse. El sonido de sus pasos perdiéndose a ritmo acelerado por el pasillo y después silencio.

Me he pasado toda la mañana preparando nuestra primera velada intima. Primer Paso: Ensayar ante el espejo lo que le voy a decir. Eso ha sido lo más difícil, debo reconocer para mi inmensa vergüenza que las palabras no son mi fuerte, no es que sea tímido, es que sencillamente soy torpe con ellas. En mi cabeza el discurso está claro pero de ahí a soltarlo hay un largo trecho, así que normalmente prefiero permanecer en un discreto silencio que además me hace parecer terriblemente misterioso y enigmático. “Me encantaría saber que estas pensando” me suele decir Ana a veces mirándome por encima de la pantalla de su ordenador. “En ti y solo en ti” quiero contestar yo, pero en lugar de eso aparto la vista y me hago el tonto. Esta situación ya ha durado bastante y tiene que acabar porque además cada vez soporto menos a “El Otro” Ese tipo no pinta nada en nuestras vidas y cuanto antes se vaya mejor. Invierto media mañana ensayando como un cretino delante de mi propia imagen, hasta que al final acabo cansándome de mi cara. El esfuerzo merece la pena, creo que he conseguido construir un discurso convincente, lleno de argumentos pasionales irrebatibles. La pasión, estimados colegas no puede debatirse, se tiene o no se tiene. Una vez preparados los argumentos me ocupo del Segundo Paso: acicalarme. Me gusta cuidar mi aspecto, no voy a negar que soy bastante coqueto y estoy especialmente orgulloso de mi pelo, es tan negro y suave que llama la atención, sobre todo porque siempre lo llevo impecable. “Tienes un pelo precioso” suelen decir las chicas que pasan por casa, eso y que estoy muy gordo. Esto último me parece bastante insensible ya que mi sobrepeso se debe casi en su totalidad a un reciente problema hormonal bastante grave que Ana trata de hacerme combatir mediante una dieta forzosa. Acepto este ultraje porque su
preocupación por mi salud es solo un indicio más de que siente algo por mi.
Hoy es un día crucial, así que me tomo mi tiempo y me aseo a conciencia, para la ocasión le dedico especial atención a mi aseo. Las palabras de amor pesan mucho mas si las acompaña una buena apariencia, triste pero cierto. Tercer Paso: esperar. Una vez hechos los preparativos solo queda esperar su llegada con elegante indiferencia, es el peor paso, porque estoy tan nervioso que podría ponerme a arañar todos los cojines de la casa hasta sacarles el relleno. No lo hago porque eso es mandar el feng sui al carajo y sé que Ana es devota de todas esas pamplinas, pero vamos, ganas no faltan.

Las horas se estiran perezosas y crueles hasta que, por fin, la oigo llegar. Es el momento; me siento en el sofá todo tieso, señorial y elegante como solo yo puedo estar. Añado a tan fantástica mezcla una dosis de indiferencia, que ella no sepa que la espero. Quiero que me encuentre interesante, no patéticamente desesperado, que es como realmente estoy.

Ana cierra la puerta tras de sí con un resoplido de alivio, deja las bolsas de la compra sobre la mesa y guarda el abrigo en el armario de la entrada. Esto forma parte de su ritual cotidiano de regreso a casa “Chico vaya día” me dice mientras va sacando el contenido de una de las bolsas “¿Qué te parece si cenamos prontito y nos vemos una peli?” Al oír esa pregunta sonrió para mis adentros, todo marcha según el plan. Así que ella se levanta y yo la sigo hasta la cocina. Como siempre se abre una cerveza y se sirve unas rodajas de salchichón, le gusta picar mientras va colocando las cosas en el frigorífico. El olor del embutido me encanta, es endemoniadamente tentador pero cuando intento coger un poco Ana retira el plato “Ni hablar, luego la que aguanta tus gases soy yo” Retrocedo frustrado, es cierto que el picante no acaba de sentarme bien pero no era necesario ser tan hiriente, a veces pienso que a este mujer le gusta humillarme y que yo claramente debo ser masoquista.

Con la cocina en orden llega el momento de hacer la cena. Ana abre una fiambrera con un poco de arroz con pollo de hace un par de días, olisquea su contenido un segundo y después arruga la nariz “¿Te apetece?” me dice mostrándome el contenido del cacharro. Eso es lo que me gusta de ella, cuando “El Otro” no está siempre me ofrece cosas exquisitas para comer, me guarda los mejores bocados, autenticas delicatessen. Estos mimos son una prueba más de que es a mí a quien ama, ya que a “El Otro” jamás le hace semejantes ofrecimientos. Cenamos, yo arroz con pollo, ella una repugnante ensalada de hierbajos purgantes. Le encantan esas guarradas, hasta miga pan en el aceite que queda en el bol mientras dice “No debería comer tanto pan, pero un día es un día” Dijo lo mismo ayer y antes de ayer, a mi me parece que su saludable apetito es solo uno de sus muchos encantos pero esta claro que no opinamos lo mismo al respecto. Recogida la mesa sacamos un extraño montón de cosas para picar, desde gominolas hasta nueces. Solemos hacerlo siempre que estamos solos, nos hinchamos de comer porquerías y al día siguiente los dos nos despertamos con el estomago hecho polvo y jurando que nunca más. Una vez reunido nuestro pequeño y extravagante banquete, nos acomodamos y elegimos la película, hoy toca “El violinista en el tejado”. Ana se sabe de memoria todas las canciones.

Aquí estamos los dos, sentados en el sofá delante de la televisión, ella canturrea y yo la contemplo sin atreverme casi a moverme. Estoy a punto de declararme en dos ocasiones pero me falta valor. ¡Es tan trascendental este paso que quiero dar¡ ¿Qué haré si me dice que no? Querré morir y desde que pusieron las mosquiteras en las ventanas lo del saltar al vacío es francamente difícil. La observo encandilado: su suave pelo oscuro. No es tan suave como el mío pero si mucho mas largo, sus delicados labios ocupados en tararear, los dedos finos que tamborilean sobre el tapizado del sofá... Estoy prendado de ella y debe saberlo. Me aclaro la garganta y empujo las palabras hasta la punta de la lengua. Entonces ocurre algo raro de verdad, Ana se levanta del sofá de un salto, alza los brazos y se pone a dar vueltas por el salón como un derviche borracho:

If I were a rich girl,
Ya ha deedle deedle, bubba bubba deedle deedle dum.
All day long I'd biddy biddy bum.
If I were a wealthy girl.
I wouldn't have to work hard.
Ya ha deedle deedle, bubba bubba deedle deedle dum.
If I were a biddy biddy rich,
Yidle-diddle-didle-didle girl.

Da saltitos sobre la alfombra con un envidiable entusiasmo, desafina con énfasis, esta despeinada y sonríe bailando con un acompañante invisible. Decido que yo debo ser ese acompañante y me lanzo tras el vuelo de su bata contagiado con el entusiasmo del momento. Bailamos mientras el extraño hombre barbudo de la tele alimenta a sus gallinas y canta para nosotros. Trato de seguir el ritmo de Ana pero ella me torea y se ríe de mis intentos por alcanzar su bata. “Venga colega” me anima muerta de risa “échale huevos”. Creo que esta chica a veces olvida que por su culpa desde hace cuatro meses no le puedo echar huevos a nada, pero el juego de las vueltas me entretiene y decido no molestarme por el comentario. La película se convierte en una fiesta, cada vez que toca una canción animada saltamos y damos vueltas sobre la alfombra hasta caer agotados, nos miramos a los ojos y ella me besa la nariz “Eres el mejor amigo del mundo” Una mierda amigo, los días de amistad se acabaron, en cuanto acabe la mandanga esta le suelto la charla.

Entenderéis que durante el resto de la película ando con los nervios a flor de piel, entre la trascendencia del momento y una mosca que se pasea por el salón (lo que me obliga a perseguirla por todas partes, porque tengo una sería compulsión por los pequeños objetos en movimiento) paso un par de momentos altamente tensos. Ya estoy harto de estos cantarines que se pasean por la pantalla, harto del ensimismamiento de Ana que hace un rato que ha perdido el interés en mí y sobre todo, harto, hartísimo del goteo del grifo del fregadero que parece que solo lo escucho yo. Pequeños detalles como estos hacen que el instante más sublime se quede al triste borde de la mediocridad, no hay nada más cutre que lo cotidiano. Mi alma es poética por naturaleza, no puedo soportar la imperfección en los momentos álgidos de mi existencia. Decido esperar a que Ana esté más centrada, a que la mosca se vaya a tomar viento y a lograr olvidarme del goteo del grifo…Se me ocurre que voy hacer una locura magnifica, tal vez un poco excesiva, que demonios, no todos los días se le declara uno a la mujer que ama.

La película acaba, Ana se suena la nariz emocionada por el final agridulce y el triunfo del amor en circunstancias adversas. “Ya te daré yo amor” pienso mientras la observo secarse los ojos con la manga de la bata.

Ana apaga la tele, se mete un kleenex en el bolsillo, aumentando de este modo la colección de papel usado que guarda en ellos con la vil excusa de que destrozo las servilletas. No es cierto, solo jugueteo con ellas porque tengo impulsos creativos. Se levanta del sofá con un pequeño y adorable bostezo, se estira, se rasca la espalda. El momento, mi momento.

Como siempre me cierra la puerta del baño en los morros, puedo escuchar su ritual de aseo nocturno, el cepillo de dientes eléctrico que tanto repelús me da, la cancioncilla que tararea mientras se pone sus cremas, el correr del agua de la cisterna. No podéis tacharme de voyeur por este espionaje, técnicamente no estoy viendo nada, solo escucho y no me hace falta ni pegar la oreja a la puerta, Ana es muy escandalosa.

Me escondo detrás de la puerta de su dormitorio antes de que salga. La veo acercase a la cama y quitarse la bata, lleva ese pijama de felpa rosa que hace estática cuando me acaricia y me pone los pelos de punta. Odio ese pijama, se lo arrancaría a mordiscos, lo juro, al menos las mangas. Se mete en la cama haciendo un ruidillo acogedor con las sabanas. Es bastante tarde así que no se va a poner a leer, apaga la luz y entonces yo me deslizo silenciosamente por la habitación, salto encima de la cama. Me pego al calor de su cuerpo, al perfume a listerine de su aliento. Ana se sobresalta, pero en lugar de darme una patada y echarme que es lo que hace “El Otro” me hace un hueco junto a ella y me pasa la mano por el cuello, la baja por mi espalda una y otra vez. Cierro los ojos y me dejó arrastrar por la dulzura de sus caricias sobre mi cuerpo. Es ahora o nunca, tengo su cara tan cerca…Tengo que decírselo, tengo que soltar todos estos sentimientos o explotaré, moriré de amor inútilmente acumulado. Separo los labios, cojo aire, me concentro en las palabras. No puede ser tan difícil, ellos dos eso de hablar lo hacen constantemente y muy listos no es que sean. Entonces Ana se pone a rascarme la barriga y el apocalipsis de la dialéctica se cierne sobre mí. Adiós discurso brillante, adiós a las frases elevadas, a los radiantes sentimientos, adiós a todo.

Descubro que no tengo palabras.

Simple y llanamente no soy capaz de hablar, en su lugar me pongo a ronronear como si tuviese dos meses y después se me escapa un maullidito de placer totalmente ridículo y fuera de lugar. Glorioso, otra vez la he fastidiado.

Ana me coge en brazos y me deja acurrucarme bajo las sabanas, junto a ella y su pijama de felpa, me da besitos entre las orejas y me acaricia la barbilla. El paraíso, queridos amigos, es esto. Por cosas así la amo hasta tal punto que le perdono haberme castrado.
Eso si, en cuanto se duerma me meo en el lado de la cama de “El otro”

N.

miércoles, 21 de diciembre de 2011

Entrevista al grupo fundador de Bibliofórum



1- Presentaos brevemente

José Mª Carrasco Soriano.- Nací en 1968 y soy por formación un maestro de escuela. Me considero un inculto a numerosos efectos aunque; no obstante, me gusta leer, escribir, casi todo lo que tiene que ver con narrar historias, e intercambiar impresiones sobre todo ello. En 2005 y para mi más absoluto asombro se llegó a publicar mi primera novela: Capitán Nadie, publicada por Edebé en su colección juvenil: Periscopio. Cuenta Capitán Nadie la historia de un animador de fiestas infantiles que, vestido de superhéroe, detiene a un atracador por casualidad, y es meteóricamente afamado por el circo mediático social que todo lo enmarca. Para incremento de mi perplejidad, Capitán Nadie fue acogida como obra de interés pedagógico y utilizada en centros docentes. Está recomendada por el Centro Andaluz de las Letras e incluida en su catálogo para actividades de fomento de la lectura mediante encuentros entre autores y lectores. Capitán Nadie y su secuela, El Regreso del Capitán Nadie (Edebé 2008) también se integran desde hace algunos años en el programa, El Placer de Leer, de la Diputación de Sevilla.
Juan Antonio Caro Cals.- 33 años, nacido en Sevilla, profesional libre, arquitecto. Mi afición a la escritura me nace a los nueve o diez años y, desde entonces, vengo narrando aventuras en torno a los temas que me interesan: Historia, Prehistoria, Arqueología y Urbanismo Antiguo. Mi primera publicación, Señores de Godos (Editorial Jirones de Azul, 2009) es una historia de aventuras y una crónica que trata de recrear con rigor documental el período de la primera mitad de la Alta Edad Media en la Península Ibérica. Actualmente, preparo una pequeña gran historia de humor, amor y desvaríos sobre el mundo de las bibliotecas.
Francisco de Paula Pérez de la Parte.- Con casi 35 años, soy ingeniero informático en informática de gestión de profesión pero soñador compulsivo de vocación. Todo en esta aventura literaria que recién comienzo carrera se ha venido dando como una suerte de viaje extraño y maravilloso en el que apenas parece que yo haga otra cosa más que ver y disfrutar. Empiezo a leer y comienza la travesía, con 18 años decido soñar en la voz alta que me proporcionan mis propias palabras de tinta, y a partir de ahí y hasta la fecha en que me es otorgado el XXVI Premio Jaén de Narrativa Juvenil, en 2010, por mi Crónicas de Dracontrand: El guerrero elfo, mi relación con la literatura se convierte en un laboratorio de ensayo e investigación que a día de hoy no deja de funcionar ni siquiera cuando duermo. En la actualidad, con mujer y dos hijos, el tiempo que puedo dedicar a esta pasión (ya no tan) secreta y arrebatadora es muy, muy poco, mucho menos de lo que desearía, por ello aún descansan en el limbo de las ideas no escritas varias novelas de ciencia ficción, algunas historias de suspense/terror y más de la mitad de mi proyecto dracontrasiano. Dejar de escribir, nunca creo que lo haga. Dejar de leer, tendrían que obligarme. Dejar de soñar, jamás hasta que muera.
Concepción Perea Gómez.- 33 años, licenciada en Conservación del Patrimonio, profesional libre. He tenido tantos empleos que si hago lista no acabo, aunque lo que más me han gustado siempre han sido los relacionados con el mundo editorial: traducción y lectura editorial sobre todo. En el 2010 realicé un Máster en Creación Literaria por la Universidad de Sevilla. De un modo u otro siempre he tratado de estar ligada a mis dos pasiones: leer y escribir. En 2008 empecé a escribir un blog “La Corte de los Espejos” para poder compartir mi pasión por el folclore celta y la mitología faérica nórdica y británica con algunos amigos. Y de aquella recopilación de cuentos e historias acabo surgiendo el proyecto de mi primera novela, una historia de hadas bastante atípica.

2- En primer lugar ¿De dónde surge la idea y por qué este nombre?

Pepe.- Supongo que las tertulias son tan viejas como la capacidad de hablar. Organizarlas en torno a la literatura no es precisamente original, pero sí lógico. El acto de escribir y de leer es extraordinariamente íntimo, pero sin duda alcanza su máxima significación social cuando se comparte. Supongo que nos apetecía ¿No salió la idea de Francisco de Paula? Ahora ya ni lo recuerdo, aunque en El Dirigible buscaban ampliar el alcance de las actividades culturales de la asociación, y eso sin duda sumó motivos para que terminásemos reuniéndonos.
¿Bibliofórum? Supongo que es reflejo de la búsqueda de una palabra que sugiriese amor por los libros, por reunirse en torno a ello, y por declarar un cierto grado de informalidad dócilmente estrafalaria.
Juan Antonio.- La idea de Bibliofórum surge del deseo de cuatro jóvenes autores sevillanos de reunirnos para intercambiar ideas, propuestas y proyectos en torno a la producción literaria, y así ayudarnos mutuamente a crecer como autores y a promocionarnos. En febrero de 2011, la Asociación Cultural el Dirigible nos invitó a llevar a cabo la actividad de la Casa de las Sirenas, en la Alameda de Sevilla. Desde septiembre de 2011 desarrollamos nuestros encuentros en la sede del CICUS, la antigua Escuela de Comercio, en la calle Madre de Dios, nº 1, en Sevilla.
El término "Bibliofórum" pretende reflejar la idea de foro abierto o lugar de reunión para todo el que de algún modo siente interés por el mundo de los libros.
Francisco.- La idea nace de la inquietud que a todos nos produce el amor profundo y sincero por los libros, tanto las historias que contienen como las diferentes formas de contarlas que en ellos se atesora. Bueno, también de una de las preguntas más poderosas (y peligrosas) del mundo: ¿Y si…? Que en nuestro contexto geográfico vino a ser un “Oye, ¿por qué no quedamos para charlar sobre literatura?”, alguien añadió “¡Y podemos invitar a más gente!”, momento en el que yo dije (y si no lo dije, seguro que lo pensé) “Cuantos más seamos, más nos reiremos”. Meses después, aquí estamos, con un buen puñado de amigos, algunos nuevos, otros antiguos, echando unos ratos magníficos a la luz de la palabra escrita. Respecto al nombre, su origen solo podía provenir de una fuente: el consenso. Si algo nos caracteriza por encima de todas las cosas es la participación y la creatividad. Surgieron varios, se votó y salió este: así somos y así queremos ser.
Concha.- He sido la última en unirme al proyecto. Conocí a mis compañeros gracias a Mamen de Zulueta que fue quien nos presentó. Para entonces ellos ya tenían en pie un proyecto muy firme, muy atractivo. Fue fantástico que me animasen a unirme. Hacía tiempo que buscaba una actividad original y participativa. El Bibliofórum une esas dos características, no se trata de hablar sobre un libro como se hace en los clubs de lectura sino de literatura en general y de compartir vivencias entre escritores y lectores de una manera abierta. Es un intercambio de impresiones muy enriquecedor.

3- Sabemos que Bibliofórum es un encuentro entre autores y lectores, habladnos un poco de estos encuentros: periodicidad, sus contenidos, las personas que componéis la mesa, si vais a tener invitados, etc…

Pepe.- Por el momento viene a ser mensual. El espíritu es compartir el amor por la literatura y por todas sus ramificaciones. Juan Antonio Caro, Francisco de Paula, Concepción Perea y yo hemos sido los primeros impulsores, sin olvidar a Manuel Magno de El Dirigible. Los contenidos hasta ahora han ido desde los aspectos más íntimos de la percepción de la literatura, hasta a su dimensión como negocio por demanda, así que supongo que hemos empezado trazando un marco muy amplio como declaración de intenciones. La composición de la mesa varía en función de muchas cosas, vienen amigos relacionados con los temas que tratamos.
Juan Antonio.- Nos reunimos una vez al mes. Invitamos a otros autores, a profesionales del mundo editorial y a todos los lectores que con su experiencia y sus puntos de vista, sean comunes o distintos a los nuestros, aportan el enriquecimiento que vamos buscando. Cada reunión aborda un tema: “Libros que han marcado nuestra trayectoria”, “Nuestra manera de abordar la creación de una nueva obra”, “El texto entre párrafos” o “La literatura como vehículo de viaje”. En los últimos encuentros hemos hablado de “Personajes literarios”, sobre todo de aquellos que con sus imperfecciones nos resultan más cercanos, y sobre el Terror en compañía de Jesús Cañadas como invitado.
Francisco.- El grupo Bibliofórum desarrolla de manera periódica dos actividades diferenciadas, y lo viene haciendo (salvo causa de fuerza mayor, pero muy mayor) de forma mensual. En ambas reina un ambiente distendido, un espíritu común por compartir y una alta participación por parte tanto de público como de la mesa de ponencia. Por un lado, está lo que llamamos Bibliofórum CICUS, que se desarrolla en un ambiente más cuidado, con proyecciones, iluminación acorde, lecturas dramatizadas y escucha de grabaciones de corte literario. Simultáneamente desarrollamos un Concurso trimestral de creación literaria cuyo fallo final (tras una selección previa de los micro relatos finalistas) se somete a votación entre todos los presentes. Por otro lado tenemos nuestro Desencuadernando Mitos en Casa del Libro, que es una reunión todavía más cercana en la que abordamos la literatura desde un enfoque temático.
Concha.- Es mensual, eso da tiempo de preparar temáticas, buscar colaboración de otros autores...etc. Hace poco decidimos dar un paso más allá y crear un blog: biblioforumsevilla.blogspot.com. De este modo podemos recoger opiniones y sugerencias. Para convertir los encuentros en una experiencia aún más participativa. Creemos que es la mejor manera de hacer crecer el proyecto y convertirlo en algo realmente plural. Los blogs son una herramienta de difusión muy interesante. Personalmente tengo muchas ganas de ver cuánto puede dar de sí el nuestro. Animamos a todo el mundo a participar, a opinar, a aportar, porque eso es lo que hace interesante este proyecto.

4- ¿Qué quiere aportar o qué quiere ser Bibliofórum?

Pepe.- Personalmente hace tiempo que asumí que las cosas nunca discurren como uno imagina, ("Si quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes") así que lo que me gusta plantear es pasar un buen rato, aprender, charlar, intercambiar impresiones, conocer gente y, naturalmente, no ocultaré (sería un cínico ya sólo en el intento) que espero que nos ayude a divulgar nuestra existencia como escritores, y la de nuestras obras, claro.
¿Ambiciones del proyecto? Sí, claro. Pero yo no sabría concretar o trazar un rumbo. Creo que si somos perseverantes y lo hacemos bien, nos aportará algo. Ya están acudiendo personas interesantísimas. Algo de cierto hay en la frase: "Si lo construyes, vendrán"; ya lo creo que vienen, y personas maravillosas.
Con suerte, Bibliofórum será un benigno mar de los Sargazos donde irán quedando "atrapados" autores de cualquier disciplina narrativa (ya tenemos directores de cine como Antonio Roda) lectores, obras, ideas y, como una broma amable más del destino, tal vez perduremos donde más merece la pena: en la memoria.
Juan Antonio.- Bibliofórum es un lugar de crecimiento. No es un club de lectura, una tertulia o una charla-coloquio. Bibliofórum será lo que queramos. Somos flexibles y estamos abiertos a nuevos enfoques. Las claves que manejamos son la cercanía, el intercambio de cultura y el deseo de expresión. A partir de ahí, todo es posible.
Francisco.- Como grupo solo pretendemos una cosa: participar de un espacio común en el que cualquiera (sí, cualquiera) pueda compartir, aprender, descubrir y profundizar en el mágico y cuasi-milagroso misterio que envuelve al momento en que un escritor se desprende de un libro para dejarlo en manos de un lector. Ese momento trascendente en que la realidad que es la escritura cambia y se transforma, por obra y gracia de la imaginación de ambos en conjunto y colaboración, convirtiéndose en algo capaz de llenar un corazón, enseñarnos, subyugarnos, liberarnos, emocionarnos y fascinarnos más allá de lo que somos capaces de imaginar.
Concha.- Con el Bibliofórum se ha creado un tipo de encuentro que no existía hasta ahora en Sevilla, porque no se trata de dar charlas o hacer difusión, sino de una experiencia compartida en torno la experiencia de leer y escribir. No pretendemos sentar cátedra sobre nada, al revés, para nosotros lo importante es que aprendemos algo nuevo en cada sesión. Es un encuentro dinámico que está dispuesto a ir creciendo y cambiando con el tiempo. Somos adaptables y eso nos ofrece muchísimas posibilidades. El tiempo dirá hasta donde somos capaces de llegar.

Redactora: Covadonga Bernaldo de Quirós Márquez.

jueves, 8 de diciembre de 2011

Citas de Diciembre

- Viernes 9 de Diciembre a las 19:00 en la Calle Madre de Dios, nº 1, Sevilla, en el Centro de Iniciativas Culturales de la Universidad de Sevilla. Bibliofórum CICUS. En esta ocasión versará sobre el terror y nos acompañará en calidad de invitado especial el autor gaditano Jesús Cañadas, autor de “El Baile de los Secretos”, una novela del llamado nuevo terror publicada por Grupo AJEC que ya está dando mucho que hablar.

- Viernes 16 de Diciembre, 21:00. El Gusanito Lector, C/ Feria 110, Sevilla. Vamos a mantener una interesante tertulia sobre la literatura navideña.

-Sábado 17 de Diciembre, 17:00. Feria del Libro de Dos Hermanas, stand de la Biblioteca Pública Municipal de Dos Hermanas.